martes, 31 de octubre de 2017

Sucesos Extraños: Episodio III

No mires bajo la cama

Es noche sin estrellas, de cielo cerrado, de nubes grises que oscurecen más de lo habitual. En una modesta vivienda de alguna parte de una ciudad cualquiera, una niña y un niño, ella de siete años y él de nueve, ambos hermanos, juegan con una pelota de color azul en su habitación. La arrojan divertidamente de una cama a la otra. Ríen y disfrutan de su inocente entretención, mientras esperan que su mamá regrese. Ha salido por una urgencia y tardará un rato más en llegar. Los niños lo saben, pero ya están habituados; es común que salga de urgencia durante las noches, pues es enfermera en el hospital.
De pronto, el niño arroja la pelota más fuerte. La niña la esquiva, da en la pared detrás de ella y cae bajo la cama de su hermano.
─Perdiste, te toca sacarla ─dice ella riendo. Por gusto, le enseña la lengua y vuelve a reír.
─Lo sé, lo sé ─responde él con una mezcla de frustración y alegría ante la cara de su hermana. Baja de la cama y se agacha para mirar donde calló la pelota─. Está muy atrás, voy a tener que meterme ─explica tras intentar sacar el juguete solo con su mano. Se arrastra por el suelo y se escabulle debajo de la cama, para después de un momento salir con la pelota en sus manos.
Se pone de pie, devuelve el objeto a la pequeña y antes de subir otra vez a la cama, se sacude los pantalones que han quedado con algo de polvo.
Reinician su juego, sin que la pelota caiga al piso. Se la arrojan mutuamente, sin dejar de reír, pese a que casi todas las noches hacen lo mismo. Es su juego favorito y no se cansan de él, en especial la niña. Luego de unos minutos, el niño vuelve a perder.
─Perdiste de nuevo ─se burla ella─. Parece que hoy me toca ganar a mí.
─Muy graciosa ─replica él y baja otra vez para sacar la pelota. En esta ocasión no debe esforzarse tanto porque da con ella casi enseguida─. Ya te tocará bajar a buscarla, ya verás ─se sonríe maliciosamente antes de arrojarle el juguete a su hermana.
La niña apenas espera que su hermano suba de nuevo a la cama y arroja la pelota. Él, que no se esperaba empezar tan rápido, apenas consigue detenerla y con el impulso, la regresa, pero con tan mala suerte que la toma desprevenida y la golpea de lleno en la cara.
La niña entonces primero ríe animada, pero cuando siente el dolor del golpe, comienza a llorar desconsoladamente. El muchacho, apesadumbrado pese a saber que no lo hizo a propósito, cruza el corto espacio que separa las dos camas, se sienta junto a ella y la abraza queriendo consolarla.
─ ¡Eres un tonto! ─exclama la niña entre gimoteos, las manos aferradas a la camisa de su hermano ─ ¡La tiraste muy fuerte!
─Lo siento, perdón. No sabía que te iba a pegar en la cara. No tuve la intención. Discúlpame ¿Sí?
─ ¿Por qué siempre tienes que lanzarla tan fuerte? ─con lágrimas en los ojos, la pequeña observa a su hermano, masajeando suavemente su frente para que se le quite el dolor.
─No lo hice a propósito. Sabes que no me gusta hacerte daño ─compungido, el muchacho le acaricia el pelo. La niña sigue llorando. Sujeta con fuerza la ropa de su hermano, pero agacha la cabeza. Él entonces la toma de la barbilla y con cariño consigue mirar sus ojos llorosos─. Me crees ¿verdad?
Ella asiente. Sabe que su hermano no quería lastimarla. El muchacho sonríe y acto seguido, le pasa un dedo por los ojos para secarle las lágrimas.
─ ¿Seguimos jugando? ─pregunta él.
─ Si ─replica ella muy feliz.
─ Bien, entonces déjame ir por la pelota.
─No, deja que vaya yo. Tú has ido muchas veces por ella.
─ ¿Estás segura? Porque volví a perder, jeje.
─Lo dejamos en empate mejor, jeje.
─Bueno.
Dicho esto, la niña abandona el calor de los brazos de su hermano y baja de la cama. Pasea sus ojos por toda la habitación; no logra ver la pelota.
─ ¿Dónde está? ─pregunta sin dejar de buscar.
─No estoy seguro, pero creo que cayó debajo de tu cama ─contesta el niño.
La pequeña se agacha a mirar donde le ha dicho. Observa con detenimiento, pero no la divisa.
─Parece que no está bajo mi cama ─dice mientras se levanta─. Quizá se metió debajo de la tuya.
Vuelve a agacharse para mirar bajo el lecho de su hermano. En un primer momento no la ve. Se pregunta donde pudo haber caído, pero decidí no salir de allí hasta encontrarla.
─Acá tampoco es…─no alcanza a terminar la frase cuando un grito de puro terror se escapa de su boca, un grito que la paraliza, la estremece y pone en alerta a su hermano.
─ ¿Qué ocurre? ─pregunta él. Salta de la cama y se arrodilla a su lado. La niña no deja de gritar. Está asustada y no puede evitar que el pánico se apodere de ella─. Por favor, ya no grites y dime qué pasa.
 La niña deja de gritar, pero gimotea presa del miedo y como puede, le indica a su hermano un punto debajo de la cama.
─ ¿Qué hay allí? ─el niño pregunta con un poco de inquietud. Conoce a su hermana muy bien y sabe que ella no le teme a muchas cosas, que no grita por cualquier razón. Armándose de valor se arriesga a mirar debajo, donde ella le ha mostrado. Mete la cabeza y solo ve la pelota azul en el rincón más lejano.
─Linda, aquí solo está la pelota ─dice, ignorando si debe reír para calmarla o preocuparse por el repentino ataque de terror que ha sufrido.
─Yo vi algo horrible, no la pelota ─replica ella, tomando algo de distancia de la cama.
─Te digo que no hay nada ─la contradice él luego de mirar de nuevo─. Yo solo veo la pelota.
─ ¿Estás seguro? ─reticente, la niña no se mueve de su sitio.
─ ¿Quieres que miremos juntos para que veas que no hay nada? ─el niño le ofrece su mano mientras la observa con calma.
Ella asiente y acepta. Estrecha la mano de su hermano y se pone a su lado.
─ ¿Lista? ─él está seguro de lo que harán, pero prefiere esperar la respuesta de la niña y cuando esta asiente, comienza a contar─. Uno… dos… tres.
Tras el último número, ambos miran debajo de la cama. El niño, como suponía que sería, no ve nada, además de la pelota. La niña por otro lado… vuelve a gritar despavorida y sale corriendo sin que su hermano logre detenerla.
Por instinto, el muchacho sale disparado detrás de ella y apenas la alcanza cuando la niña golpea presa del pánico la puerta de una de sus vecinas. La abraza y la estrecha en su pecho. Apenas consigue que deje de gritar. Un llanto angustiado lo reemplaza y ambos terminan sentados en el suelo. Siente como la niña tiembla sin control; no saber la causa de aquel terror le provoca miedo a él también. Unas lágrimas comienzan a brotar de sus ojos, pero no deja que su hermana lo vea. Besa su cabello y la aprisiona con más fuerza entre sus brazos.
Están en eso cuando la puerta de la vecina se abre. La mujer los ve en el suelo y sin decir nada se agacha. Los ayuda a levantarse; como puede los conduce al interior de su casa. Percibe el temblor de sus cuerpos infantiles, escucha sus sollozos y se preocupa, pero no se atreve a preguntar el motivo. Los acompaña hasta el sofá de la sala y les indica con ternura que se sienten. Obedecen, pero no se separan y siguen temblando. La mujer se sienta junto a ellos y le acaricia la espalda a la niña. Los conoce casi desde que nacieron. Los ha visto jugar, correr, reír, nunca tan silenciosos y asustados.
Suspira y decide dejarlos un momento. Camina hacia el teléfono, toma una libreta que está junto al aparato y marca un número en él. Le contestan enseguida. Habla por un par de minutos y luego cuelga para volver junto a los niños.
Al cabo de una hora tocan a la puerta. La mujer se levanta, mira a los pequeños un segundo; siguen juntos, temblando y sin separarse. Recorre el espacio entre la sala y la puerta de entrada, preocupada, inquieta. Cuando llega, abre sin siquiera percatarse de quien toca a través de la mirilla. Es la madre de los niños. Su rostro denota una preocupación enternecedora. Con un gesto la invita a pasar.
La joven madre entra en la casa de su vecina y al llegar a la sala, ve a sus dos pequeños sentados, abrazados y muy callados. Se acerca a ellos y los rodea con sus brazos. Ellos apenas notan su presencia, pero el calor de su cuerpo los reconforta y a la vez desatan el llanto que se había calmado un poco.
El niño entonces se percata de que su madre está allí y se aferra con fuerza a ella. Deja entre ambos a la pequeña que no levanta la cabeza y se deja llevar por un océano de sentimientos que solo revelará algunos días más tarde a su madre y a su hermano.


Repetirá la historia muchos años después al menor de sus hermanos, todavía no nacido en aquel entonces y quien ya convertido en un incipiente escritor le pida narrar lo sucedido esa noche.
 ─ ¿Qué viste bajo la cama? ─pregunta el escritor a su hermana mayor. Conoce la historia. La escuchó siendo niño de boca de su madre, pero necesita conocerla directamente de una de los protagonistas. Su hermano mayor jamás ha tocado el tema y sabe que jamás lo hará─ ¿Qué hizo te hizo salir corriendo tan aterrada? ¿Qué obligó a nuestra madre a dejar esa casa y mudarse tan lejos?
Ella mira un momento a su hermano. Recuerda claramente lo ocurrido, nunca pudo olvidarlo y no le agrada repetir esa historia. Solo se atreve a hacerlo porque su hermano se lo pide, pero será la última vez que lo haga. Suspira profundamente, se arma de valor y dice:
─Es posible que no creas lo que vi. De hecho, si no lo hubiera visto yo misma y me lo contara otra persona, tampoco lo creería. Sin embargo, sé bien lo que vi. Vi… ─hace una pausa. Le tiemblan las manos, en su mente se dibuja con nitidez el origen de su terror. Su hermano le estrecha la mano, como indicándole sin palabras que no tema contar lo sucedido, que no volverá a sufrir aquel terror. Ella se lo agradece con una sonrisa y continúa─. Bajo la cama de nuestro hermano vi una cabeza. Una cabeza que despedía fuego por los ojos y enseñaba una lengua de donde también salía fuego. Esa horrible imagen se reía a carcajadas, disfrutaba con el pánico que yo sentía…
─ ¿Alguna vez te preguntaste por qué solo tú viste esa cosa? ─interrumpe el escritor, aferrando aún más fuerte la mano de su hermana.
─Muchas veces, tantas como cabría esperar buscando una respuesta lógica. Al cabo de un tiempo descubrí que no había respuesta lógica. Por ello me convencí de que solo fue una ilusión o algo por el estilo, un efecto óptico. No sé la verdad, dejé de preguntarme por qué lo vi hace mucho tiempo.
─Entiendo ¿Y alguna vez pensaste en lo que viste?
─Si y de eso no tengo duda alguna. Sé muy bien lo que era y lo confirmé un año más tarde, cuando oí a alguien decir las extrañas apariciones de carácter similar que se habían dado en el vecindario.
El escritor traga saliva. Ha escuchado rumores acerca del barrio donde vivieron sus hermanos y su madre, donde también alcanzó a vivir un tiempo su padre.
─ ¿Qué era esa cosa? ─pregunta. Un ligero atisbo de duda se percibe en su voz. Pone mayor presión sobre la mano de su hermana, un gesto de ansiedad y nerviosismo.
─Era… el diablo.



lunes, 16 de octubre de 2017

Crónicas del Manuscrito Blanco, Episodio II

Sobre el niño que se enamoró de la luna, 
Parte I
Es una fría noche de invierno. El cielo está despejado. La luna y las estrellas se ven nítidas, iluminando tenuemente la oscuridad que domina todo a su alrededor.
La enorme morada se encuentra apenas entibiada por una triste chimenea. Un corro de hombres espera fuera de la habitación principal, mientras del interior proviene los terribles gritos de la madre a punto de dar a luz y las voces de las parteras alentándola a continuar.
El futuro padre se pasea delante de la puerta, las manos detrás de la nuca y una notoria expresión de ansiosa inquietud. Después de todo es su primogénito quien está por venir al mundo, quien tomará el liderazgo del clan cuando los dioses lo llamen a comparecer frente a ellos, quien empuñará la Espada del Amanecer cuando los enemigos de más allá del mar amenacen las costas de la nación.
Entonces, en un acto reflejo, sutilmente acaricia la cadena que pende de su cuello, el dije de plata que lo ayuda a mantener el contacto con sus antepasados. Por un segundo, el líder del clan contiene el aliento.
De súbito, un sublime silencio desgarra la noche. Los gritos de la madre, las vociferaciones de las parteras, los murmullos de los hombres a su alrededor, todo es consumido por el silencio. Es apenas un instante, nada más que un parpadeo. Y de pronto, como si todas las voces se hubieran confabulado para borrar aquel atisbo de calma, ese mismo silencio desaparece. Un llanto infantil al encontrarse con la vida inunda cada rincón de la morada. Como respuesta, el líder del clan deja de contener el aire y respira aliviado.
De inmediato, los hombres se acercan a felicitarle. Lo abrazan uno por uno, le palmotean la espalda y dan gracias a los dioses de todas las formas que conocen. Al cabo de un momento, sale una mujer de la habitación.
─Es un niño ─dice sonriendo─. Un niño fuerte y sano. Podéis pasar a verle.
─ ¿Cómo se encuentra mi esposa? ─pregunta el líder del clan.
─Exhausta, pero rebosante de felicidad.
El líder del clan asiente conforme y enseguida camina hacia la alcoba. Al entrar, ve a su amada esposa recostada sobre el lecho, la frente perlada de sudor, los cabellos revueltos y una hermosa sonrisa en los labios. En su pecho reposa una criatura de cabello pardo como el de su madre, pálido como la leche recién extraída y dormido con una tranquilidad enternecedora. La madre le da un beso en la frente y alza la vista. Se encuentra con los ojos de su esposo, que apenas contiene las lágrimas. Se miran fijamente, cómplices. Solo ellos conocen ese lenguaje donde se necesitan palabras.
─Acercaos ─dice ella y solo entonces el líder del clan se aproxima al lecho. La fuerte mujer descubre el rostro del infante en sus brazos y se lo enseña a su esposo.
─Es un niño hermoso, como su madre ─dice él, sonriendo a más no poder.
─Será un gran líder, como su padre ─replica ella y de inmediato le ofrece el niño─ ¿Quieres cargarlo?
Sin mediar palabra, el líder del clan toma al recién nacido. Lo acuna en sus brazos y lo observa fijamente: sigue dormido, con esa inocencia que a veces solo perdura en la mirada. El líder del clan le acaricia el cabello, el niño despierta. Al ver a su padre, un suave llanto lo acomete sin reparo.
El adulto, contrariado, observa sin saber muy bien qué hacer. Mira a su esposa. Pide ayuda ante la reacción inesperada de su hijo, pero solo encuentra la sonrisa de ella. Le da a entender que debe arreglárselas solo para consolar al bebé.
Al cabo de un momento, decide ponerse de pie. Comienza a caminar por toda la habitación, meciendo al niño una y otra vez y tratando de calmarlo con la suavidad de su propia voz, pero en un principio, su llanto solo se hace más fuerte.
Quizá por un impulso o por mera coincidencia ─suponiendo que coincidencia sea el nombre dado a la intervención de los dioses─, el líder del clan se acerca a la ventana, a mirar la fría noche de luna. El niño en sus brazos continúa llorando, con una fuerza inusitada para cuerpo tan pequeño.
─ ¡Ya basta! ─exclama el líder del clan, mirando seriamente al niño. El pequeño se calla de golpe por un momento, por la sorpresa. Luego, vuelve a llorar de manera desconsolada.
Atribulado, el hombre fuerte, que siempre sabe qué hacer, se siente apesadumbrado, incapaz de quitar la pena de su hijo. Está a punto de devolver al niño a los brazos de su madre cuando tiene una idea: lo toma con suavidad por las axilas, lo voltea de cara al exterior y lo levanta de forma tal que solo pueda mirar a la dama pálida en el firmamento. El inocente, rozado por la tenue luz de la noche, abre los ojos por un impulso. Al contemplar a la luna, se queda callado. Con los ojos fijos en la dueña de la noche, todo rastro de pena, llanto y congoja infantil desaparece, da paso a algo más. Sin saberlo en ese momento e ignorando el significado de lo que siente en su pecho, el heredero del clan queda cara a cara con la única señora  que hará latir su corazón.
─ ¿Cómo os gustaría llamarlo? ─pregunta la madre desde el lecho.
El líder del clan la observa un segundo. Después mira a su hijo, que mantiene la vista clavada en la luna, casi sin parpadear.
─ ¿Os parece bien Ilargimindu? ─replica─ ¿El niño que se enamoró de la luna?
La madre del recién bautizado miembro del clan asiente. Ignora por completo que ese nombre marcará para siempre el destino de su pequeño hijo a los ojos de los dioses...


viernes, 1 de septiembre de 2017

Sucesos Extraños, Episodio II

SIN PALABRAS

  Cae la noche con manto aterciopelado. Toda la fábrica se encuentra en calma. Los trabajadores y las máquinas han dejado la jornada atrás. Solo el guardia nocturno se pasea por los pasillos, vigilando que todo se encuentre en orden.
  Una oscuridad total cubre cada rincón. Apenas la luz de una linterna ilumina pequeños espacios sin revelar nada inusual. El silencio deja su huella; los árboles en calma observan a través de las ventanas.
   De súbito, un suave murmullo alerta al guardia. Es el ruido de una de las máquinas funcionando.
  Extrañado, camina hacia el origen del sonido, observando con detenimiento todo el pasillo. Enciende una tenue luz sobre la maquinaria y ve para su sorpresa que está apagada. Revisa los interruptores una y otra vez. Siguen abajo, como hace horas.
 Suspira contrariado, niega con la cabeza. "Ha sido solo mi imaginación", dice para sus adentros. Se voltea para emprender la marcha, echando un último vistazo al pasillo. Todo sigue tranquilo.
Pero cuando está por abandonar el lugar, un ruido lo detiene. Es un gruñido, sutil, extraño. Apunta con la linterna en todas direcciones; por un impulso se persigna. Allí hay algo, pero no puede verlo.
  Alguien entonces respira en su nuca. Queda paralizado y suelta la linterna que rebota a unos metros de sus pies. Tarda unos segundos en darse cuenta y con paso tembloroso camina para recogerla. Se agacha y la toma. Sus manos se mueven casi entre espasmos; apenas las controla.
 Sin explicación alguna, mira entre sus piernas. Y entonces ve lo que ha estado rondando por la fabrica. Vuelve a soltar el objeto. Quiere correr, pero sus piernas no responden. Está paralizado y temblando de terror. Siente aquello a sus espaldas, pero no se atreve a mirar.
  Un grito de pánico busca salir de su boca. Se queda atorado allí.

  Al día siguiente, uno de los funcionarios del turno de la mañana lo encuentra de pie, en el mismo sitio. Tiene la boca abierta, los ojos a punto de salir de sus cuencas.
  El trabajador pregunta que pasa, pero no obtiene respuesta. De hecho, a causa de lo que vio esa noche, el pobre guardia nunca más volverá a hablar. 
  Por eso nadie logró saber que es lo que había visto merodeando entre las máquinas, una entidad que seguiría allí por años, sin que nadie la descubriera, hasta que...

lunes, 12 de septiembre de 2016

Interregno: Detrás de la máscara

   Desde lo alto del teatro y oculto de los tramoyistas que se encuentran observando con detenimientos el espectáculo, un extraño espectador enmascarado observa en silencio la escena que se desarrolla, aquella donde el protagonista besa los labios de la doncella dormida sobre un lecho de rosas perfumadas. Contempla a los ocasionales amantes apretando con firmeza un objeto oculto bajo la oscuridad de su capa, aguardando el momento preciso para intervenir.

  Al cabo de un instante, prorrumpe un aplauso cerrado del público, mientras los actores continúan besándose para dar mayor realismo a su representación.

   Entonces, el misterioso personaje se aferra a una cuerda ajada que mantiene el telón arriba del proscenio y sosteniéndose de ella, desciende de las alturas con una dramática entrada que llama la atención de todos los presentes, sobre todo de los artistas, que se separan por un segundo y se quedan mirándole sin comprender demasiado.

   Disfrutando de la sorpresa que le entrega su irrupción repentina, el singular visitante introduce la mano en su capa, lentamente extrae una pistola y la apunta sin dilación hacia los actores, quienes contienen el aliento al ver con nitidez el objeto que acaba de empuñar. Luego, mirando en dirección al público, enseña el arma con descaro, oyendo las exclamaciones de sorpresa, temor y miedo que preceden a su cometido.

  Acto seguido y sin dejar de observar a la concurrencia, con toda la parsimonia posible ejecuta una reverencia inclinando su cuerpo menudo hacia adelante, haciendo que los presentes contengan el aliento en un evidente gesto de tensión. Deja escapar una horrenda carcajada y respirando a pausas se deja ver por los actores, causando un leve pero perceptible destello de terror en los ojos de la chica, que lo reconoce sin ninguna duda pese al falso rostro que trae puesto.

  La bella actriz retrocede unos pasos aún aferrada a la mano de su compañero, quien logra sentir el terror reflejado en sus ojos y da pie atrás movido por un impulso, reacción tomada por el misterioso acechador como un intento de escape, por lo que avanza hacia la pareja con pasos largos y marcados que retumban en todo lo alto del teatro ahora silencioso.

  La muchacha entonces lo conmina a detenerse mientras sigue retrocediendo, soltando de súbito la mano de su compañero y corriendo de improviso hacia el interior del enorme recinto, olvidando por completo que la obra sigue en curso.

   El enigmático enmascarado se precipita detrás de la chica, pasando raudamente por el lado del actor que apenas atisba un gesto de contrariedad antes de seguir a su ocasional adversario. Mientras tanto, el público expectante se levanta de sus asientos, queriendo ver desde allí el desenlace de la repentina estratagema del extraño pero sin conseguirlo, desconociendo si dicha intervención es parte de la obra o un hecho del todo inesperado.

   Algunos espectadores suben al escenario con notorio desasosiego, incapaces de saber lo que ocurre en el interior del recinto, sitio vedado a sus ojos por extensos cortinajes de un intenso color carmesí. Solo pueden oír los gritos aterrados de la chica, los insultos del actor hacia el enmascarado y la sutil risa del acechador, que no dice ni media palabra.

   Por un instante, un profundo silencio se apodera del teatro, apenas alterado por la respiración agitada de los tres protagonistas y el aliento contenido por el público en general. De pronto, el tronar de un furibundo disparo destruye la aparente calma, seguido por el llanto inmisericorde de la actriz, que regresa al escenario cubriéndose la boca con las manos sin dejar de llorar y mirando aterrada hacia el lugar que acaba de abandonar. 

   Desde allí, aparece la figura desgarbada del enmascarado, todavía con el arma en la mano y apuntando con frialdad al punto entre los ojos de la asustada actriz. Ella tiembla profusamente, sabiendo lo que pretende el sujeto y de puro terror cae al suelo, paralizada por la mirada oscura que logra vislumbrar detrás de la máscara. 

 Respirando exaltado, el misterioso personaje decide develar su identidad despojándose de su falsa apariencia, dejando al descubierto el rostro marcado por el sudor del actor principal, cuya mirada desencajada aterra a los presentes y enmudece a la actriz que no mueve un músculo presa del pánico. Luego, sonriendo con la marca inconfundible de la locura, el joven deja de apuntar a su compañera y coloca el arma sobre su sien derecha, solo un segundo antes de disparar la bala que le quita la vida y salpica de sangre el escenario.

   De inmediato los tramoyistas bajan el telón, cubriendo la triste escena y dejando al público presente sin respuestas ante el inesperado desenlace de la obra. Muchos comienzan a murmurar entre sí, en una mezcla de terror y confusión por la correlación de los hechos y contrariados ante la aparición final del protagonista, a quien dieron por muerto tras el enfrentamiento que tuvo lugar dentro del teatro.

   Nadie entiende lo que ha ocurrido y en su interior, presienten que jamás lograrán revelar el misterio oculto detrás de esta historia, aferrada a la sombría máscara como una rosa se adhiere a la primavera cuando el frío invierno besa sus pétalos.


martes, 16 de agosto de 2016

Sucesos Extraños, Episodio I

EL FUMADOR DE LA CHIMENEA


    Como cada tarde, la niña se sienta delante de la mesa con la cabeza apoyada sobre los brazos y mirando el horizonte, esperando que llegue la hora en que su padre vuelve a casa.

   Recuerda la dulce melodía que aquel hombre tarareaba junto a su cama, poco antes de arroparla y desearle las buenas noches con un beso cálido en la frente.

  Mientras espera, observa a su madre en la cocina, revolviendo con una enorme cuchara de madera en el interior de una olla que revela las marcas del tiempo en su grisácea estructura.
    Escucha a los pájaros en sus últimos cantos antes del anochecer y se estremece con los aullidos de los perros que pululan por las calles buscando un refugio donde guarecerse.
    Divisa por la ventana a los pocos niños regresando a sus casas después de una extensa jornada de juegos y correrías, impacientes por llegar a cenar o ver algún programa en la única televisión que se pueden dar el lujo de tener.
   Por un instante cierra los ojos, sintiendo el aroma de la brisa danzando entre las hojas de los árboles, llamando entre susurros uniformes a la lluvia oculta en las nubes de algodón.
    De súbito, arrebatada de su ensoñación, escucha a lo lejos un particular silbido, que reverbera en el atardecer con la intensidad de la marea alta.
    A todo correr sale a la calle y se pone de pie junto a un delgado riachuelo que fluye a través de las casas que se alzan a sus lados como guardianes de madera y roca.
   Observa con la mano en la frente hacia la lejanía, fijando sus ojos inocentes en el camino que conduce hasta su hogar, esperando ver surgir entre el rojo atardecer a su padre, pero no lo encuentra. En su lugar, sentado sobre la copa de un frondoso árbol, descansa un extraño hombre vestido de negro, cuya silueta se confunde con los últimos rayos del sol. De su boca nace un largo cigarrillo que expele un raro vapor gris, que el misterioso sujeto inhala por la nariz con ávido interés.
  La niña por su lado, no deja de mirar al extraño, sorprendida y asustada a partes iguales por el espectáculo que debe presenciar, olvidando por un momento el motivo de su estadía fuera de la casa.

   De pronto, movido por alguna fuerza sin par, el extraño hombre de negro baja del árbol dando un magnífico brinco y queda de pie en medio del riachuelo, donde arroja el cigarrillo que fumaba. Luego, sin mirar a ninguna parte, camina con parsimonia hacia una chimenea de metal, recostada sobre una pared y que es utilizada por la gente del lugar para quemar los desperdicios y permitir que el infesto humo de la basura se marche más allá de las estrellas.

   Antes de hacer algo, el sujeto mira la niña y con un gesto cortés de su mano izquierda la saluda, para luego volverse humo e internarse dentro de la chimenea, desapareciendo misteriosamente de la vista de su única espectadora.

  Horas más tarde, cuando el padre regresa a casa, encuentra a su mujer inquieta e impaciente y a su niña recostada sobre las rodillas de su madre, temblando aterrada y balbuceando palabras inconexas que no logra comprender.









lunes, 18 de abril de 2016

Recuerda…



"Recuerda aquel día, hace tantos años. Recuerda el rasgueo de la pluma sobre el papel, el olor de la tinta inundándolo todo. Recuerda".


"Recuerda el sonido del agua, el aroma de la hierba meciéndose al ritmo del viento. Recuerda el baile de las hadas, la risa de las Musas".

“Recuerda el rugido de los dragones, volando libremente sobre el cielo imaginario de tus oníricas travesías".

“Recuerda el tintineo del metal de tu estirpe, acariciando tenuemente el Canto de Hierro de los mensajeros del Ocaso".

"Recuerda el compás de tus latidos, las imágenes que revoloteaban en tu imaginación. El roce de tus dedos al blandir la daga entintada".

“Recuerda la magia de las palabras encantadas, el verso glorioso de los antiguos maestros que fueron guiados por las letras".

“Recuerda el principio del camino, el inicio del sendero que te llevó a ser un caballero de tinta y papel.
Recuerda las razones que esgrimiste cual espada para oponerte al destino y por las que guardaste tu rostro detrás de una gélida máscara".


“Recuerda el dolor insoportable que debiste tolerar, la tortura sin nombre que infligiste a tu ser antes de convertirte en un símbolo imperecedero".

“Recuerda el bello aleteo de las aves ululando a tu alrededor, planeando con la gracia de la majestad del cielo despejado y del brillante sol incandescente".

“Recuerda las espinas de la rosa inalcanzable que se clavaron en tu carne desnuda, mientras buscabas conquistar los labios de rojo carmesí de la Musa que era tu perdición adorada".

“Recuerda el suave rocío de la lluvia al amanecer, el plácido vaivén de las olas humedeciendo los dedos de tus pies con sutil armonía sublime".

“Recuerda el beso perdido de la princesa que con su inocencia rozó los hilos plateados de tu alma sórdida y vengativa".

“Recuerda la música del violín que inflamaba las cuerdas por donde transita tu sangre, nacida en el frío de la pálida tormenta del atardecer olvidado".

“Recuerda la melodía embriagadora entonada por los gráciles cabellos rojizos de la Señora de tus desvelos incontables, el verde esmeralda de su triste mirada anhelante".

“Recuerda el reflejo de la noche, marcada a fuego en los cimientos de tu ira dormida por el paso de los Eones".

“Recuerda las cadenas de la Caja de Pandora, que se llevaron con la llegada del crepúsculo la voluntad inquebrantable de tus miedos".

“Recuerda a los dioses vanidosos que hicieron naufragar al Poeta de los Mares para obligarte a perder la ruta hacia el Mundo de las Letras"

“Recuerda quien eres, lo que eres y aquello que tus deseos insondables pretenden hacer de ti, sin importar los obstáculos impuestos por la sombra a tu feble humanidad.
Simplemente recuerda y no vuelvas a olvidar".


lunes, 31 de agosto de 2015

Mar sin retorno

Hace dieciocho días con sus noches que no deja de llover en esta inhóspita isla del Pacífico, mismo tiempo que llevamos varados aquí después de que nuestro barco encallara debido de la tormenta.
Ignoramos cuánto más permaneceremos en estas condiciones, sin más comida que las suelas de nuestros zapatos y bebiendo nuestros propios orines.
Por esto, algunos perdieron la razón y a tropel de caballos decidieron adentrarse en lo profundo del bosque que precede a la costa, para buscar provisiones o si hallan algún signo de vida humana. De eso, según las líneas que he demarcado en la tierra, van casi cuatro jornadas y hasta ahora, ninguno regresó, por lo que los demás ya pensaron en tratar de navegar sin que la tormenta amaine.
El único que se niega a tal idea soy yo, el capitán de esta desafortunada travesía a la que nos arrojaron los monarcas de un país que ya ni recuerdo.
“Riquezas y abundancia encontrarán allí donde van”, dijeron aquellos, con una sonrisa de bufón tan teñida de mentira que no concibo como accedimos a tan demencial viaje. Quizá ha sido la codicia o bien, la estupidez. A Dios pido tener vida suficiente para averiguarlo.

Ya oscureció, el cielo ha despejado un poco y diviso los rayos pálidos de la luna. Conmigo, los escasos navegantes que se mantienen firmes a mi vera, presas de un temor que les inmoviliza hasta las entrañas. Una hoguera triste crepita en el centro de este corro sin nombre, augurando una noche aciaga.
Tras de mí, el bosque. El viento tropical mece las ramas y las hace crujir en un pesado lloro, parecido al rechinar de cadenas oxidadas.
De pronto, oigo algo más que no distingo; parecen pasos, correrías de un escape esquizoide o, si debo ser preciso, una carrera que pretende alejarse de la Parca, la muerte.
Me yergo y de entre los árboles, prorrumpe uno de los hombres que partieron al interior de la selva. Veo en su mirada el pánico atenazándole, pero mis ojos se percatan de que le falta el brazo derecho.


Al pasar junto a mí musita una súplica, que no logro comprender a tiempo. Una sombra, tan alta como dos hombres, surge cual exhalación que se lleva el diablo. Caigo de rodillas a causa de la impresión y me pierdo en la negrura. El viaje ha terminado. La Parca ha venido por nosotros.

Sucesos Extraños: Episodio III

No mires bajo la cama Es noche sin estrellas, de cielo cerrado, de nubes grises que oscurecen más de lo habitual. En una modesta vivien...

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