lunes, 31 de agosto de 2015

Mar sin retorno

Hace dieciocho días con sus noches que no deja de llover en esta inhóspita isla del Pacífico, mismo tiempo que llevamos varados aquí después de que nuestro barco encallara debido de la tormenta.
Ignoramos cuánto más permaneceremos en estas condiciones, sin más comida que las suelas de nuestros zapatos y bebiendo nuestros propios orines.
Por esto, algunos perdieron la razón y a tropel de caballos decidieron adentrarse en lo profundo del bosque que precede a la costa, para buscar provisiones o si hallan algún signo de vida humana. De eso, según las líneas que he demarcado en la tierra, van casi cuatro jornadas y hasta ahora, ninguno regresó, por lo que los demás ya pensaron en tratar de navegar sin que la tormenta amaine.
El único que se niega a tal idea soy yo, el capitán de esta desafortunada travesía a la que nos arrojaron los monarcas de un país que ya ni recuerdo.
“Riquezas y abundancia encontrarán allí donde van”, dijeron aquellos, con una sonrisa de bufón tan teñida de mentira que no concibo como accedimos a tan demencial viaje. Quizá ha sido la codicia o bien, la estupidez. A Dios pido tener vida suficiente para averiguarlo.

Ya oscureció, el cielo ha despejado un poco y diviso los rayos pálidos de la luna. Conmigo, los escasos navegantes que se mantienen firmes a mi vera, presas de un temor que les inmoviliza hasta las entrañas. Una hoguera triste crepita en el centro de este corro sin nombre, augurando una noche aciaga.
Tras de mí, el bosque. El viento tropical mece las ramas y las hace crujir en un pesado lloro, parecido al rechinar de cadenas oxidadas.
De pronto, oigo algo más que no distingo; parecen pasos, correrías de un escape esquizoide o, si debo ser preciso, una carrera que pretende alejarse de la Parca, la muerte.
Me yergo y de entre los árboles, prorrumpe uno de los hombres que partieron al interior de la selva. Veo en su mirada el pánico atenazándole, pero mis ojos se percatan de que le falta el brazo derecho.


Al pasar junto a mí musita una súplica, que no logro comprender a tiempo. Una sombra, tan alta como dos hombres, surge cual exhalación que se lleva el diablo. Caigo de rodillas a causa de la impresión y me pierdo en la negrura. El viaje ha terminado. La Parca ha venido por nosotros.

Sucesos Extraños: Episodio III

No mires bajo la cama Es noche sin estrellas, de cielo cerrado, de nubes grises que oscurecen más de lo habitual. En una modesta vivien...

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