martes, 16 de agosto de 2016

Sucesos Extraños, Episodio I

EL FUMADOR DE LA CHIMENEA


    Como cada tarde, la niña se sienta delante de la mesa con la cabeza apoyada sobre los brazos y mirando el horizonte, esperando que llegue la hora en que su padre vuelve a casa.

   Recuerda la dulce melodía que aquel hombre tarareaba junto a su cama, poco antes de arroparla y desearle las buenas noches con un beso cálido en la frente.

  Mientras espera, observa a su madre en la cocina, revolviendo con una enorme cuchara de madera en el interior de una olla que revela las marcas del tiempo en su grisácea estructura.
    Escucha a los pájaros en sus últimos cantos antes del anochecer y se estremece con los aullidos de los perros que pululan por las calles buscando un refugio donde guarecerse.
    Divisa por la ventana a los pocos niños regresando a sus casas después de una extensa jornada de juegos y correrías, impacientes por llegar a cenar o ver algún programa en la única televisión que se pueden dar el lujo de tener.
   Por un instante cierra los ojos, sintiendo el aroma de la brisa danzando entre las hojas de los árboles, llamando entre susurros uniformes a la lluvia oculta en las nubes de algodón.
    De súbito, arrebatada de su ensoñación, escucha a lo lejos un particular silbido, que reverbera en el atardecer con la intensidad de la marea alta.
    A todo correr sale a la calle y se pone de pie junto a un delgado riachuelo que fluye a través de las casas que se alzan a sus lados como guardianes de madera y roca.
   Observa con la mano en la frente hacia la lejanía, fijando sus ojos inocentes en el camino que conduce hasta su hogar, esperando ver surgir entre el rojo atardecer a su padre, pero no lo encuentra. En su lugar, sentado sobre la copa de un frondoso árbol, descansa un extraño hombre vestido de negro, cuya silueta se confunde con los últimos rayos del sol. De su boca nace un largo cigarrillo que expele un raro vapor gris, que el misterioso sujeto inhala por la nariz con ávido interés.
  La niña por su lado, no deja de mirar al extraño, sorprendida y asustada a partes iguales por el espectáculo que debe presenciar, olvidando por un momento el motivo de su estadía fuera de la casa.

   De pronto, movido por alguna fuerza sin par, el extraño hombre de negro baja del árbol dando un magnífico brinco y queda de pie en medio del riachuelo, donde arroja el cigarrillo que fumaba. Luego, sin mirar a ninguna parte, camina con parsimonia hacia una chimenea de metal, recostada sobre una pared y que es utilizada por la gente del lugar para quemar los desperdicios y permitir que el infesto humo de la basura se marche más allá de las estrellas.

   Antes de hacer algo, el sujeto mira la niña y con un gesto cortés de su mano izquierda la saluda, para luego volverse humo e internarse dentro de la chimenea, desapareciendo misteriosamente de la vista de su única espectadora.

  Horas más tarde, cuando el padre regresa a casa, encuentra a su mujer inquieta e impaciente y a su niña recostada sobre las rodillas de su madre, temblando aterrada y balbuceando palabras inconexas que no logra comprender.









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